No se mucho de casi nada, pero de chocolate SÉ. Esto es así y es así. Como buena adicta, a nivel usuaria tengo muchísima experiencia en saborear este producto en sus diferentes formas y estilos. Por eso puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que una de las mayores decepciones del mundo es comer un chocolate "malo".
Aclaremos conceptos: ¿puede un chocolate ser malo? A ver, siempre estará más bueno que unas acelgas, claro, tampoco nos volvamos locos. Pero la diferencia entre uno bueno y uno que no lo es resulta tan abismal, tan TAN ABISMAL, que la decepción lo eclipsa todo y minimiza cualquier asomo de disfrute. El problema son las expectativas, por supuesto. Te esperas un momento de gloria, de éxtasis, que te ayude a sobrellevar los sinsabores de esta vida perra y luego lo pruebas y meh. La sensación de estafa es gigantesca.
Y eso sin tener en cuenta el tema de las calorías, la salud y tal. Comes chocolate haciendo frente a un descomunal cargo de conciencia (el azúcar es el demonio, los lípidos taponarán tus arterias, bla, bla, bla) porque necesitas desesperadamente un cable que te ayude a tirar pa'lante. Ves un pastel, una tarta, un bollo con pintaza y piensas: "Me falta el canto de un duro para tirarme por la ventana, esto se considera medicación de urgencia" y cuando te lo comes resulta que te han dado gato por liebre. De grasas, colesterol y todo lo malo, lo que quieras. De la paz mental y el placer prometido por los hidratos de carbono y dulces, ni rastro. O tan tan tan poquito que te sientes la víctima del timo del siglo. Victor Lustig, el espabilado que vendió la Torre Eiffel dos veces, una hermanita de la Caridad comparado con el iluminado que te haya tangado de semejante forma.
Aunque no seais tan adictos como yo, esta sensación la habréis vivido, me imagino. ¿Localizáis ese sentimiento de decepción, de desengaño, de desilusión absoluta? Bueno, pues lo mismo con los besos (a ver si os habíais creído que os voy a meter esta chapa sólo para hablar de comida, que este blog es superficial, pero no tanto, hombre. Un voto de confianza.)
Pues eso, que los besos con gente que te encanta, que te remueve por dentro, que hace que te tiemblen las rodillas son el chocolate bueno, la medicación de urgencia, ese momento de éxtasis. Te olvidas de donde estás, de como te llamas, de qué año es. Y luego te haces arrumacos con gente cuyo nombre no te dan ganas de gritar desde los tejados y meh. Pero tan tan meh que no llega ni a compensar lo malo. Los besos no tienen grasas saturadas que te taponen las arterias, pero sí toneladas de ruido mental que te satura el cerebro: que si no me ha llamado, que si le llamo yo, que si por favor que me deje de llamar de una vez... Vamos, lo que viene siendo el ruido de cuando la cosas no fluyen.
Barullo perpetuo en la cabeza y la sensación de timo del siglo. ¿Merecen la pena las sesiones de besos Hacendado? Razonen sus respuestas.
