sábado, 13 de junio de 2026

Estar "DE QUE" no

"Casi todos luchan cuando tienen alguna esperanza de ganar, por pequeña que sea. Y se les llama valientes. Son pocos los que siguen luchando cuando no queda esperanza. Y se les llama guerreros"

(Hermanastra)

Esto es lo que pasa en plan telegrama.

Me pegué dos décadas luchando con todas mis fuerzas para mejorar algo mi vida profesional, porque pensaba que lo personal dependía de los astros y yo no tenía ningún control allí. Por lo que se ve, en el terreno laboral los astros también ejercían bastante influencia y "estaban  DE QUE no", así que semejante esfuerzo sólo me trajo mucha frustración y un agotamiento extremo. Con la perspectiva del tiempo veo que debí pasar a un plan B mucho antes de desfondarme por completo, pero bueno, que si la falacia del coste hundido y el orgullo magullado y bla bla bla, era difícil darse cuenta en el momento.

Total, que 20 años después soy una persona extenuada al máximo que no sabe qué hacer con su vida. Nada (profesional) me suscita una mínima microscópica ilusión. Lo único que sé es que quiero tranquilidad y que no estoy dispuesta BAJO NINGUN CONCEPTO a volver a dedicar ingentes esfuerzos a algo que no me garantice resultados. Y como con esto de la IA puñetera no sabe qué va a pasar pasado mañana ni el propio Elon Musk, pues aquí estamos, quietos en la mata.

Así que descartado lo profesional, que me importa un bledo, sólo me queda centrarme en lo personal, para comprobar que, como ya intuía hace 20 años, depende de los astros y yo no tengo ningún control sobre ello. Porque, amiguis, o esto es una cámara oculta y en cualquier momento sale Juan y Medio con un ramo de flores a llamarme inocente inocente, o, en efecto, todas las constelaciones de estrellas del universo "están DE QUE no", también en esto.

Y no podréis reprocharme que no he probado todo. Como años del "pasa del tema y relájate, llegará cuando tenga que llegar" no funcionaron, intenté ser más proactiva. Me apunté a MÁS (siempre he hecho muchísimas) actividades nuevas, usé apps que no van nada conmigo, pero que parecen ser el único camino, fui paciente, comprensiva, rebajé expectativas, abrí la mente, bajé el listón. Pero hijos míos, de donde no hay, no se puede sacar. No es una cuestión de exigencia. Y os voy a poner un ejemplo para que me entendáis.

Acudo a un sitio chulísimo, con gente majérrima a hacer algo que me encanta. 10 sobre 10 al plan, increíble. Coincido allí con 15 personas, cinco de los cuales son chicOs. Yo, hetero incorregible, me encuentro este panorama: un chico casado, un chaval trece años menor que yo, un señor de 86 tacos, un compi con el que comparto el mismo crush (George Clooney) y un muchacho que lleva una cresta en la cabeza más grande que la del casco de los soldados de la Roma antigua. Todos MA-JI-SI-MOS, pero, ¿me explico? No es que yo pida mucho, es que ninguno de ellos está en mi círculo, que diría el Zorro

Esto no pasaría de ser una casualidad anecdótica si no me ocurriera EXACTAMENTE IGUAL en cada cosa que empiezo. Ojalá fuera de verdad una cámara oculta para enseñaros las imágenes y que comprobarais que no es cosa mía, que es de los astros, que están "DE QUE NO".  Y esto solo en la primera fase, que luego viene lo de ser correspondido, vivir en la misma ciudad, no tener prioridades familiares incompatibles, ni enfermedades terminales... que ahí ya ni me meto, porque no quiero irme para lo hondo.

A lo que voy con este telegrama tan largo es que si el Universo no quiere, no entiendo con qué fin me mete en esta partida trucada. Qué sentido tiene gastar batería manteniendo un personaje que salta obstáculos, esquiva disparos y mata monstruos por los siglos de los siglos sin pasar nunca de pantalla. No pillo donde está la diversión. 

PARA NADIE.

lunes, 1 de junio de 2026

Yo tampoco

 

 
 
Entre Kafka yo tenemos un total de cero textos escritos hoy.  
 
¡¡VAMOSS!! 

lunes, 25 de mayo de 2026

Lo que la IA puede hacer por mi


 




And so on...



lunes, 18 de mayo de 2026

Toppings

Los toppings están bien, por supuesto. ¿Quién se atrevería a negarlo? Virutas de chocolate. Lacasitos. Trozos de Oreo. Sirope de fresa. Frutos secos rallados. Gominolas. Cereales de colores. Incluso algún elemento decorativo tipo sombrillita de cocktail.

Fantasía. Maravilla. Yo, de hecho, soy de las que ha llegado a decir alguna vez que lo mejor de los postres son los complementos. Siempre que debajo de ellos haya helado, claro.

Porque imaginaos (y de esto había una escena ilustrativa en Barrio Sésamo que ahora no logro encontrar en Youtube para linkarla) que sólo os ponen los toppings. Es decir, un plato con dos miligramos de virutas de chocolate, tres lacasitos, medio canutillo de oblea, un cuarto de Oreo. Y ya. Después no os dan la copa con dos bolas gigantes de helado de chocolate. Ni siquiera un triste cucurucho infantil. Nada.

Y tú, pasmado, preguntas: ¿No hay más? ¿Sólo es esto?

Y te contestan: ¿Te parece poco? Los toppings están buenísimos. ¿Es que no te gusta el cacao en polvo, el sirope, las galletas? No sé de qué te quejas, además. Hay gente en otras mesas que no tiene lacasitos o a los que sólo les han dado una cuchara corta y no llegan a rebañar bien el fondo del bol.

Ya... pero ellos tienen helado.

(Y no, esto no es una entrada promocional de Frigo, porque no estoy hablando de helados)

jueves, 14 de mayo de 2026

Small talk

Hay pocas cosas que se me den bien, pero, sin duda, una de ellas es lo que los modernos llaman small talk. Las conversaciones de ascensor de toda la vida, vaya. En parte por talento natural y en parte por entrenamiento. Hace ya unos años que un porcentaje nada despreciable de mi desempeño laboral consiste en esto, lo que me convierte en cinturón negro en la materia, a la vez que me satura bastante. Porque hay días que no has dormido nada, que te han roto el corazón, que las hormonas te están apretando las tuercas... y no tienes el c*ño para farolillos. Pero sobre todo por la repetición. Recibir y tener que contestar los mismos comentarios genéricos una y otra y otra vez me drena la energía, a la vez que me saca de mis casillas.

Y bueno, si esto ocurriera sólo en entornos laborales, vale que vale. Pero siento que el 99% de mis interacciones diarias son superficiales. Gente a la que apenas conozco con la que no tengo confianza y con la que, desde luego, no puedo comentar más que generalidades. Nada que me importe de verdad.

Que vosotros diréis, ¿y tu familia y amigos qué? Y esto precisamente es lo que yo venía a consultar. Alcanzadas determinadas edades, ¿no os sentís un poco como en el programa de 59 segundos, que tenéis que contar lo que sea en menos de un minuto u os bajan el micrófono? Siempre hay un bebé llorando, o alguien en el hospital o un dolor persistente o un divorcio traumático o cualquier otro imprevisto que reclama atención urgente y que impide una charla tranquila. Y sin cierta calma y tiempo, ¿cómo se va a profundizar en nada? 

Y esa sensación fuera de casa, se multiplica por infinito dentro.¿No creéis que la vejez de los padres los aleja por completo? De repente ya sólo se habla de sus medicinas, de sus dolores, de sus citas hospitalarias. Cualquier problema serio tuyo o les va a preocupar o no lo van a entender, así que se lo ahorras. Ya no cabe consultarles esa duda de la declaración de la renta, ni te pueden echar una mano con la cisterna que gotea. Tampoco les quedan ganas ni ilusión para aconsejarte en la búsqueda de coche de segunda mano, algo que años atrás les habría encantado porque el tema les chifla. Ahora sólo te preguntan una y otra y otra vez por trivialidades que a ti te importan un bledo y que respondes una y otra y otra vez respirando hondo. Porque estás del small talk hasta la mismísima pepitilla.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Sí soy


sábado, 2 de mayo de 2026

Microalmas en pena

Como la climatología y otros pincharuedas han decidido boicotearme las posibilidades de salir de excursión en los últimos puentes, he tenido oportunidad de estar algo más de tiempo en mi superguarida. Y se ha producido un hecho insólito. La he mirado, ella me ha devuelto la mirada... y el espíritu de Monica Geller se ha apoderado de mi. Esto, que sería relevante siempre, es casi milagroso en mi caso porque ya sabéis que mi casa es un vórtice de entropía. No tengo tiempo y apenas habilidad para mantenerla ordenada, lo que complica sobremanera una limpieza profunda.  

Porque yo limpiar limpio, ¿eh? Pero sobre todo donde hay superficies no invadidas por objetos o papeles, que, si os digo la verdad, son pocas. Y otras operaciones más complejas, como el saneamiento  del frigorífico, suelo hacerlas a contrarreloj, lo que me impide dedicarles una atención esmerada y posibilita sorpresas como la que me he llevado yo hoy.

Y es que resulta que en mi nevera hay piezas que yo no sabía que se desmontan y que al parecer lo hacen para, precisamente, permitir una higienización más profunda. Al no tener ni idea de esto, jamás las había retirado en tropecientos años de historia de este electrodoméstico y hoy que lo he hecho por vez primera... ya os podéis imaginar lo que me he encontrado.

Llamar suciedad a lo que allí había sería injusto, porque era mucho más que eso. Era una hermosa y estable comunidad de gérmenes, con tal grado de unidad y coordinación que casi podríamos considerarlo un organismo superior con un nivel de evolución cercana a un perro doméstico. Casi me ha extrañado que no pudiera hablar para comunicarme sus quejas.

Así que tras saludar con respeto a esa alumna aventajada de la montaña de basura de los Fraguel Rock, he procedido a desalojarla. No tanto por los gérmenes vivos, sino para dar cristiana sepultura en el vertedero municipal a los caídos en combate tras años de dura resistencia en el oscuro y húmedo interior de mi frigorífico. Imaginaos la de energía cósmica acumulada allí dentro con tanta microalma en pena vagando por el desierto helado en busca de su descanso eterno.

Armada con estropajos, bayetas, cepillos de dientes y hasta palillos, he rascado en cada rincón para liberar esos espíritus y así conseguir dos objetivos: una nevera reluciente y un poco de paz en mi superguarida. Y es que, chavales, ahora todo cuadra.

Ya os conté que acudiría a cualquier medida desesperada para cortocircuitar mi mala racha eterna. Me duché con agua con sal, quemé cáscara de naranja, paseé con el palo santo por los pasillos... Pero mi mal de ojo sigue allí, erre que erre, sin bajarse del burro. Alguien experto en auras y misticismos me dijo que quizá tenía algún espíritu en casa, llamando mi atención para ayudarle a resolver su asunto pendiente antes de transitar. Y hoy, por fin, sabemos la verdad. Que no era una, sino muchas almas infecciosas microscópicas clamando que les abriera las puertas de mi frigo para poder volar hasta el cielo de los gérmenes.

Bueno, chicos, pues el día ha llegado. Sois libres. Disfrutad de la vida eterna y tanta paz llevéis, como descanso dejáis. Pero por favor, por favor, por favor, por favor, llevaos también con vosotros mi mal de ojo. Me lo merezco por la paliza de limpieza que me he pegado. Y porque ya no puedo más con el shit happens de la vida.

Ozú.