Ya lo conté por aquí, creo. Yo no huelo casi nada. Desde siempre, además. El último recuerdo de percibir un aroma fuerte lo localizo en mi infancia, a los ocho años, diría. Como todo lo que ocurre desde pequeña, te acostumbras, no notas la falta de lo que nunca has experimentado. Nadie sabe lo que es la sed hasta que ha bebido.
Además nunca busqué solución, porque no creía que la tuviera. Algunos nacen ciegos, otros sordos. Yo sin olfato. Suponía que tenía que vivir así e incluso ocultarlo. Porque suena como ridículo decir que no hueles, ¿no? Todo el mundo huele y no hay manera de demostrar que tú no, parece que te lo inventas para llamar la atención. Puedes comprobar que alguien no ve o no oye, ¿pero que no huele? ¿Cómo averiguas eso?
Recuerdo no pensar nunca en mi ausencia de sentido olfativo excepto cuando leía. En los libros se nombran muchos olores porque, efectivamente, deben de ser muy descriptivos para caracterizar ambientes, emociones, relaciones, primeras impresiones, recuerdos. Un olor expresa mucho, por lo visto. Para mi ni idea, claro.
Me daba pena perderme todas esas sensaciones, pero en el fondo no mucha porque, bueno, no sabía lo que me perdía en realidad. Así que sólo había un aroma que me moría por percibir: el de pan recién hecho. Quizá porque creo que será parecido al sabor, a la sensación tierna y cálida de morder un panecillo que acaba de salir del horno.
Y nada, que qué pena, ¿no? Ni siquiera olor a pan. Ni eso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡Eh, no te vayas sin decir nada! No tengo el superpoder de leerte la mente.