viernes, 17 de febrero de 2017

Que me parta un rayo

Aunque estoy poniéndole todo el empeño del mundo, esto del ligoteo digital se me está dando regulero. No sólo por todo lo que ya os he contado, sino porque en esta práctica, como en los bienintencionados (Y HORRIBLES) intentos de emparejamientos externos, se empieza por el final. Y claro, así no hay manera.

Y es que en asuntos cardíacos, por lo menos para mí, las cosas van al revés. Vas por la vida, te cruzas con gente, de repente alguien te llama la atención (por su ingenio, por su amabilidad, por su físico...) y empiezas a poner los medios para conocerle y así saber si puede salir alguna historia romanticona de ahí. Sin embargo cuando te intentan emparejar con ese chico que seguro que te va a encantaaaaaarrrr o cuando te dedicas a recoger setas on line no hay nada previo, esa chispa, ese "no sé qué que qué sé yo" que te llama la atención y pone en marcha tu radar amoroso. En ambos casos te sueltan en el ruedo ligoteril a las bravas, a lo loco, a probar si el que han metido contigo en el ring te sirve como contrincante. Y claro, es una lotería. Hay las mismas posibilidades de que eso funcione como de que te toque el Gordo de Navidad o te caiga un rayo, es decir, más bien pocas.

Y no es una cuestión de exigencia ni muchísimo menos porque a aquí la que escribe le ha gustado cada peor de la vida de agárrate y no te menees. Por si alguno de mis exs llegáis a leer esto alguna vez por casualidad (¡¡HOLA AMORES!! ¿Qué taaaaalll?) aclaro que os quise un montón y que siempre os tendré cariño, pero reconocédmelo, eráis unos peores de la vida. No en plan mal, claro, más bien en plan desastre simpatiquete como lo soy yo, pero unos peores de la vida, hijos míos, ya os lo digo.

Ni qué decir tiene que todos teníais "un algo", por supuesto. Por lo menos para mi. A, eras el más buenín del mundo. L, conseguías convertirlo todo en un juego, aún no sé cómo. D, tenías (y tienes) las habilidades sociales más desarrolladas que he visto jamás, les caías (y les caes) bien a todos. J, no sabría decirte, Creo que era tu forma de mirarme, pero en realidad nunca supe a ciencia cierta qué hacía que me encantaras como me encantabas. J (2), tu sensibilidad (para lo bueno y para lo malo) y tu intensidad al vivir el arte.  No voy a seguir porque ni vosotros ni los que me quedan por nombrar vais a leer esto nunca y si llegáis a hacerlo y os queda alguna duda dadme un toque y lo hablamos, que no he cambiado de número de móvil.

A lo que iba es que para que a mi me guste alguien tiene que tener "un algo", que a veces surge de repente y otras tardo siglos en descubrir. En los intentos externos de emparejamiento y en la caza on line de setas lo de esperar está fuera de la ecuación, porque nadie va a darte un margen. O funciona desde el minuto uno o pista. Pero como he dicho en el párrafo de arriba que funcione desde el principio, que el que tienes enfrente tenga "un algo", es una lotería tan poco probable como que te caiga un rayo.

Así que sólo me queda decir lo que diría el pobre Pierre Nodoyuna de los Autos Locos...

Maldición, maldición y tres veces maldición.

martes, 14 de febrero de 2017

5 minutos bien empleados

Madre mía, qué preciosidad. Buscando no sé qué me he encontrado esto. Dicen un montón de verdades, muy bien explicadas y mejor interpretadas. Invertid 5 minutos de vuestros tiempo en ver este vídeo.  Me lo vais a agradecer


 


Y ya es casualidad haberlo encontrado ahora porque a pesar del despiadado bombardeo publicitario casi me había olvidado de que hoy es San Solterín.

jueves, 9 de febrero de 2017

Tú te lo pierdes

Lo voy a aclarar desde el principio, porque igual en los siguientes párrafos parece lo contrario, pero yo tengo una autoestima bastante enclenque. Soy muy muy consciente de mis defectos y limitaciones porque siempre estoy en primera fila de mis enormes cagadas y soy un público difícil, de los que no perdonan fácilmente un resbalón. Hay muchas cualidades (muchísimas) que no tengo y me encantaría tener y un millón de cosas que cambiaría de mi. Pero también sé que hay unos cuantos rasgos importantes, básicos, que yo tengo y que no son tan corrientes. Y puedo decirlo con total tranquilidad porque no es mérito mío, sino de los Speedypadres que me han sabido educar concentrándose en lo (a mi juicio) esencial de verdad. Esencial y poco habitual, dicho sea de paso.

Y yo lo sé bien: estoy en esa época de la vida en la que no paras de pegarte leches porque cosas que dabas por sentadas resulta que no están tan garantizadas como siempre habías creído. Crecer, lo llaman algunos. Yo lo llamo darte cuenta de que la gente va a su bola y no puedes fiarte de (casi) nadie. Y es curioso que esta revelación no sea algo que se tiene de una vez por todas y ya está, sino que sea como una serie de explosiones sucesivas en tu corazón. Cada vez que te pasa con alguien es un latigazo. Siempre piensas que a la siguiente ya te lo vas a esperar y que no te va a doler, pero resulta que sí, que duele cada vez. Un chollo  total, vamos.

De la suma del dolor de esta cadena de explosiones sólo sacas la enseñanza general de que el ser humano es colosalmente egoísta, que (casi) todo el mundo se pone a sí mismo en primer lugar y que sólo hará algo por ti a quien le intereses por algo o le encajes en sus planes de vida de alguna manera. Salvo honrosas y escasísimas excepciones, por aquello de que quien tiene un amigo tiene un tesoro,(casi) nadie va a estar a la altura de las circunstancias.

Bien, pues yo soy una de esas excepciones. De mi te puedes fiar. Yo soy leal, sincera, honrada. Yo siempre estoy ahí. Yo me preocupo por ti, te escucho, te cuido. Yo pienso en lo que te viene bien a ti, igual que en lo que a mi me conviene. Yo estoy atenta a los detalles. Yo guardo tus secretos. Yo mantengo mis promesas. Puede que no sepa cantar, ni dibujar, ni cocinar. Puede que sea la peor fotógrafa de la historia de la humanidad, que mi habitación sea un vórtice de entropía y que no entienda ni jota de deportes y vídeojuegos. Pero a mi ME IMPORTAS y siempre podrás contar conmigo para lo que necesites.

¿Y tú tiras todo eso a la basura por... ni siquiera sé si es a cambio de algo? Bueno, pues tú te lo pierdes. No se hizo la miel para la boca del asno.

martes, 7 de febrero de 2017

Imposibles conversacionales

Aunque en mi vida en 3D hablo como si o fueran a prohibir (en cuanto a cantidad y ritmo) la verdad es que charlar en otro tipo de soportes se me da bastante peor. Las conversaciones telefónicas, por ejemplo, no me molan. No ves la expresión facial del otro, ni te queda claro si ha terminado ya su intervención y te toca contestar, ni sabes si está centrado en lo que le dices o haciendo siete cosas a la vez y por tanto a por uvas de todo. Tampoco soy precisamente la reina de los grupos de whatsapp, dada mi infinita capacidad de cambiar unas letras por otras en un intento involuntario de inventar un idioma nuevo. Pero si hay algo que se me da mal es charlar por internet. De verdad, en eso soy una negada absoluta.

Lo sé y lo asumo. Soy consciente de que por ese medio se me ocurren mucho menos temas de conversación, que escribo tan lento que al otro le crecen las uñas de los pies esperando mi respuesta y que el nuevo idioma que intento involuntariamente crear en whapsapp también lo aplico aquí. Pero aún reconociendo mi inutilidad extrema en este campo concreto tengo que deciros que no soy la peor que me he encontrado por estos lares. Ni de coña.

Porque a ver, no creo que sea mucho pedir un signo de puntuación de vez en cuando. No voy a exigir que distingas entre punto y punto y coma (que no lo tengo claro ni yo) pero saber si has acabado de hablar o si vas a seguir escribiendo no me vendría mal. Como también sería positivo que me dieras una pista en forma de interrogante sobre si tu última frase es una pregunta o una afirmación o que usaras alguna mayúscula en el caso de que exista un punto invisible que marca sólo en tu mente el final de tus palabras.

Otra tema que ayudaría un montón sería concretar un poquito. No mucho, ¿eh? Lo justo y necesario. Preguntas como "¿Tienes algún interés?" dejan, sin duda, un gran espacio a la creatividad del que tiene que contestar, que no sabe si contarte el tipo TAE que le aplican en su entidad bancaria o explicarte sus aficiones o defender a capa y espada su personalidad y valía que POR SUPUESTO interesan a más de uno y más de dos.

Y bueno, lo que sería ya la repanocha montada en bicicleta es que el del otro lado de la pantalla pusiera algo de su parte para que la pelota conversacional pasara al otro campo. Porque a ver, vamos a hacer un repaso rápido, por si el tema no está claro. Primero pregunto yo. Después te toca a ti responder. Y después es mi turno de nuevo. Y vale, que sí, que me toca a mi otra vez, pero que algo de material has tenido que poner tú para que yo pueda devolverte la bola. Si contestas sin más, el tiro pierde fuerza y no pasa la red para llegar hasta mi cancha. Cuenta algo interesante, o hazme una pregunta o relacionalo con otro tema. Dinamiza el juego con un raquetazo contundente o el partido se va a acabar en un plis, ya te lo digo...

No sé, igual es que pido imposibles. Va a ser eso...

viernes, 3 de febrero de 2017

Grados de optimismo

Ser optimista es apuntarte al gimnasio y creer que vas a ir tan frecuentemente como te propusiste al rellenar la hoja de inscripción.

Ser MUY optimista es pensar que gracias al ejercicio vas a perder todos los kilos que habías planeado

Y ser el COLMO del optimismo total es creer que por una cuota razonable vas a tener acceso a unas instalaciones con máquinas de calidad, buenos horarios de clases y que además de todo eso los vestuarios van a ser... MIXTOS. Es decir, UNISEX, chicos y chicas mezclados, ahí, a lo loco. Claro que sí, guapi.

Bueno, pues así de optimistas eran los dos señores que me crucé el otro día en mi gimnasio, que entraron tan campantes al vestuario de chicas creyendo que iban a cambiarse allí.  Cierto es que traían cara de despiste, asomaron la cabeza, vieron dos féminas y su reacción automática fue salir de la habitación pensando que se habían equivocado. Pero en los dos segundos siguientes la información captada por sus retinas llegó hasta su cerebro y la cosa cambió.

Porque junto a la imagen de una Speedy ya lista para irse con bufanda puesta y todo vieron a la MACIZORRA que ocupaba la taquilla de al lado y que estaba en plena operación secado post-ducha. Una de estas chicas adictas al gimnasio que en realidad no necesitarían ir porque ya tienen un vientre plano, unas piernas firmes y torneadas y un culo duro como una piedra. Vamos, el sueño de todo hombre hecho realidad. Así que ante semejante imagen los dos despistadillos volvieron a entrar y me preguntaron, con la cara de quien pregunta si le ha tocado la lotería de Navidad.

-¿Para cambiarse es aquí?

Y yo, con máxima delicadeza y cuidado, con la sutileza de quien no quiere romperle el corazón a nadie ni hacer añicos sus ilusiones les contesté:

-Ya os gustaría ;P

Madre mía. Aún quedan optimistas totales. Quien iba a decirlo.

martes, 31 de enero de 2017

Setas on line

La verdad, yo no soy mucho de ir a buscar setas, para qué os voy a engañar. Yo soy más de salir de excursión porque me apetece airearme, dar un paseo relajado para disfrutar de la naturaleza y el buen tiempo y si andando entre risas y pasándomelo bien de repente me encuentro una seta que me parece que tiene buena pinta, la recojo. Como os podéis imaginar, esa no es la manera ni más rápida, ni más eficaz, ni más productiva de recoger rebollones. Está claro.

Seguramente esta técnica de recolección ha influido en que mi cesta esté a veces más vacía de lo que debería, por lo que uno de mis propósitos para 2017 era probar estrategias nuevas. ¿Problema? Que eso significa hacer cosas que no van mucho conmigo. No que me parezcan mal, ni que las rechace por nada en concreto sino que, simplemente, no son muy de mi estilo y claro, me falta práctica y soltura.

Por lo visto el último grito en micología es buscar setas a través de internet y redes sociales. Y bueno, hay que reconocer que las ventajas de esta técnica son más que evidentes: no tienes que salir de casa, ni pasar frío, ni mancharte las manos de barro. Con la Red de redes puedes encontrar ejemplares que crecen en la otra punta del mundo y no sólo al lado de tu casa, lo que multiplica por infinito las posibilidades. Pero, qué queréis que os diga, a mi... es que no me va.

Lo he probado más que nada para callar bocas a los pesadérrimos que no hacían más que repetirme que no ponía lo suficiente de mi parte y para que Sus Majestades no creyeran que me escaqueo de ayudarles con su encargo pero es que, de verdad, no termino de cogerle el truco.

Para empezar porque el orden está cambiado. Antes yo salía de excursión, iba mirando las setas del suelo mientras hablaba y me reía y si alguna me llamaba la atención, tenía pinta de ser saludable y apetecible, la metía en mi bolsa. No sé, el orden lógico. No había presión, ni nerviosismo, ni estabas todo el rato pensando en lo que tenías que decir o hacer para parecer el recolector perfecto. Si surgía, surgía, así de repente. Por Internet tienes delante mil millones de setas que no te dicen nada porque ni las conoces ni las has visto de cerca y tienes que ir metiéndolas todas en la bolsa por si acaso alguna de ellas termina siendo la seta que querías encontrar. Ahí es nada.

Y claro, para averiguarlo hay que mantener conversaciones triviales con gente con la que no te apetece hablar porque no los conoces para que dejen de ser desconocidos y saber si pueden llegar a ser más que amigos. Y no te queda otra que hablar de ti a personas a las que no has visto nunca y de las que no sabes nada en realidad, por lo que tampoco tienes claro qué puedes contarles y qué no. Todo son situaciones forzadas e incomodidades porque las cosas tienden a ir muy rápidas y porque los implicados saben que el otro les está sometiendo a examen, les está evaluando para decidir si le sirven o no. Que para eso ojalá existiera el botón de la foto de abajo y así acabaríamos todos antes.




No sé, igual es que hay que cogerle el truco a la nueva técnica micológica y yo no se lo termino de pillar. Será eso...

viernes, 27 de enero de 2017

El Ayuno Involuntario

Ya os lo dije, después de sangre, sudor y lágrimas mi guerra contra los kilos empezó a dar unos frutos medio aceptables. El objetivo final no lo he conseguido porque ya me olía yo que era mucho cartucho, pero lo que he logrado no está mal. Por lo menos entro en mis pantalones imposibles que, oye, algo es algo. El tema es que noto que los gramos polizones que se me colaron al abordaje no andan lejos y que están escondidos, acechando para volver a subirse a mi barco en cuanto me descuide. Y a eso viene esta entrada, a contaros la estrategia que voy a desplegar para defenderme del bombardeo calórico. ¿O ya os habías creído que actualizaba sólo para presumir? Mal pensados...

En fin, que mi plan se llama El Ayuno Involuntario porque, aunque nadie me obliga a hacerlo, me está trayendo por la calle de la amargura y cualquiera diría que lo hago (o lo intento hacer) por propia voluntad. El caso es que cada vez leo en más sitios los beneficios del ayuno no sólo para perder peso sino para mantener la salud del organismo. En esta cuestión hay mucha tela que cortar, así que no voy a irme para lo hondo y sólo os voy a explicar el que practico (o intento practicar) yo: El Ayuno Intermitente.

Para saber bien en qué consiste, mejor pincháis en el link. Pero en breve viene a ser que si cada día aguantas sin comer 16 horas seguidas y comes más o menos lo que quieras (moderadamente, claro) en las ocho restantes consigues mantener las calorías a raya. Yo lo he hecho durante algunas temporadas y me ha funcionado bastante bien. Además no me costaba ABSOLUTAMENTE ningún esfuerzo, así que todo eran ventajas.

Y vosotros diréis: Si antes lo llevabas tan guay, ¿por qué ahora vienes a lloriquear en el blog con sufrimientos ayunantes? Y la respuesta se resume en una palabral: gimnasio.

Y es que yo antes ayunaba por la mañana, es decir, ocho horas (las de sueño) sin comer y las otras 8 matinales (hasta el mediodía) sin probar bocado. Eso sumaba dos tercios de día ayunando sin el menor sacrificio porque nunca tengo ganas de desayunar ni picar nada en esos momentos. Y cuando me llegaba el hambre (a partir de las dos) ya estaba permitido comer casi de todo, dulces y caprichitos incluidos. En esa franja horaria devoraba, claro, pero en conjunto era un chollo total.

Ahora el chollo se me ha acabado porque voy al gimnasio al mediodía y si bien nutrida no aguanto el tirón en las clases, imaginaos si aparezco sin comer nada en las 16 horas anteriores. No pasaría ni de la puerta, como si lo viera. Eso implica que he tenido que mover mis rutinas ayunantes, comer todo lo que pueda antes de hacer ejercicio y no comer naaaaaaada durante las 16 horas posteriores a la paliza. Y claro, se me hace bola.

Se me hace bola desayunar (aunque eso es lo de menos, ya me estoy acostumbrando y el otro día me trapiñé a las ocho de la mañana unos macarrones con tomate que no se los salta un gitano). Pero SOBRE TODO se me hace bola no poder comer nada desde las cuatro de la tarde. Estoy muyyyy habituada a merendar y cenar y me cuesta la vida misma aguantarme las ganas de picar algo cuando estoy en casa. A la salida del curro a veces tengo tanta hambre que miro la foto de una vaca y me imagino chuletones, como el pobre león de Madagascar. Un horror.

Lo curioso es que no debería estar tan canina, porque a mi cuerpo le aporto los mismos alimentos que antes, sólo que más temprano. Y de hecho la sensación de vacío en el estómago no la siento. Pero tengo tan asociado el final del día a sofá, ordenador y comida que es un sufrimiento que me lo quiten. Supongo que será parecido a esos exfumadores que ya no sienten el mono de tabaco pero que lo pasan mal si toman un café sin un cigarro. Por eso, porque lo tienen asociado.

En fin, yo aquí estoy, cambiando hábitos (o intentándolo). Por si acaso, un consejo: si por casualidad os encontráis con una superheroína de mallas verdes a partir de las ocho de la tarde, cruzaos de acera... puede que os muerda un brazo.

Que no lo digo por propia experiencia, ¿eh? Que a mí me lo han contado ;P