Me acuerdo de hace milenios, cuando los blogs aún estaban vivos y todo el mundo escribía y comentaba, que uno de los tipos de entradas más populares eran las de autoescarnio. La peña contaba los mierdones que le pasaban en plan chufla y resultaba bastante catártico, tanto para el autor como para los lectores. Daba la sensación de que después de descojonarte de ello, lo que fuera parecía menos grave.
Yo he practicado esto durante años por intuición, sin saber que esta costumbre (bastante contraintuitiva, por otra parte), está avalada por una teoría. La autora con vibes de todo menos de científica, era Nora Ephron y se llamaba la teoría de la cáscara de plátano.
Tamaña perla de sabiduría, basada en un consejo de su madre, sostiene que convertir las tragedias personales en historias narrables te transforma de víctima en héroe. Si cuentas tu propia desdicha (resbalar), tomas el control, haces reír y alivias el dolor, en lugar de sufrir la burla ajena.
Bueno, pues no sé, tendrá razón, porque si tantos lo han hecho en la historia de la literatura, el entretenimiento y los blogs será por algo, no puede ser casualidad. Lo que empiezo a pensar es que llega un momento que este efecto se pasa. Que cuando sobrepasas determinado nivel de detritus, cuando acumulas tal cantidad de ponzoña que te sale por las orejas, empiezas a dejar de verle la gracia. Y se te acaban las ganas de contarlo
Es que, además, cuando uno busca catarsis y encima lo hace por escrito, la diarrea mental resultante puede ser de nivel “elefante sueltito”.
ResponderEliminarY eso da mucho gustirrinín, sobre todo cuando, o bien te importa poco, o bien usas pseudónimo.
Y sí: cada vez se escribe menos y cada vez nos leen más bots buscando textos para alimentar sus modelos de lenguaje.
Para eso hemos quedado: un desastre.
Yo creo que esa teoría es como ese refrán de toda la vida, que dice que el que no se consuela es porque no quiere.
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