jueves, 8 de septiembre de 2016

Operación Sequía Infinita

Soy una superheroína con una misión: acabar con la mega super gigante sequía sentimental infinita en la que estoy metida desde hace ni se sabe. Supongo que una de las causas de que la sequía haya adquirido semejantes dimensiones es que yo soy de las que piensan que las cosas del corazón pasan cuando tienen que pasar y que sirve de poco o nada forzarlas. Por eso no suelo hacer gran cosa, la verdad. Pero el tema está alcanzando ya cotas preocupantes y el otro día leí que la definición de locura es hacer siempre lo mismo esperando resultados distintos, así que igual es el momento de cambiar de táctica. Sin prisa, pero sin pausa. Sin un agobio ni medio.Pero ponerme en marcha, yo qué sé, por lo menos para poder decir que por mí no ha quedado.

Total, que soy una superheroína con una misión, pero no tengo ni idea de cómo afrontarla porque, aunque yo siempre ando metida en muchos bullullus, nunca son de este negociado. En este tema estoy pez total, así que lo que he hecho, por empezar por algún sitio, es repasar la logística y el material que me hacía falta para las batallas que se avecinan. Os cuento:

-El tema vestuario necesitaba unos ajustes. Por suerte en verano, con dinero calentito de mis regalos de cumple, me dio un parrús y me fui una tarde de compras al más puro estilo Pretty Woman. El resultado fue una renovación de armario tal, que me costó lo que no está escrito conseguir guardar todas mis adquisiciones. Me encanta mi ropa nueva, que además cuenta con la aprobación de SpeedyMum (un juez exigente) y de mis amigas más expertas en moda, pero no sé si he terminado de acertar porque el otro día oí por la calle que alguien comentaba sobre mí: "¡Qué vestido más bonito lleva!". Esto sería estupendérrimo si no fuera porque la que lo comentaba era una (amabilísima) niña de cinco años, que no es que sea precisamente mi público objetivo. En finnnnn...

-La cuestión fotos (vitales en un mundo digitalizado con la manía de poner imágenes en los perfiles de todas las redes sociales habidas y por haber) tampoco era para tirar cohetes. Entre que no soy precisamente Miss Universo y que tengo el superpoder más contrario a la fotogenia que existe, lo de encontrar una fotografía mía medio decente se ponía bastante cuesta arriba. Por suerte, de nuevo el verano, trajo la solución. En mis días de surf, en los que todo era perfecto y maravilloso (ya os iré contando, ya...) no sé quién me hizo una foto de improviso en la que tengo una pose estupenda, un fondo estupendo y un pelo estupendo. ¡¡UN PELO ESTUPENDO!! ¡¡En la playa!! ¡Con la insubordinación capilar que me provoca la humedad del mar! Si eso no es un milagro surfero, yo no sé lo que es.

-El asunto chicos disponibles, majetes e interesantes estaba... en fin, para qué nos vamos a engañar, de pena. Estaba de pena. Por (mala) suerte, ni el verano ni el surf han podido arreglar esto.  Me temo que me va a tocar a mí encargarme de esta parte de la logística.

Puffff...

A ver qué se me ocurre...

jueves, 1 de septiembre de 2016

Escritura hipocalórica IV

Del verano se pueden traer muchas cosas. Fotos, si has tenido tiempo de viajar por sitios nuevos. Moreno, si has tenido tiempo de tomar el sol. MorenazOs, si has tenido tiempo de darte una (o varias) alegrías para el cuerpo con compromiso de permanencia tras los meses estivales... Del verano se pueden traer muchas cosas y yo me he venido con la peor de todas: unos cuantos kilos de más.

No es la primera vez que me pasa. Ya os he contado otras veces que a la vuelta de vacaciones mi báscula suele quejarse (con razón) y tengo que declarar la guerra contra las calorías. No suele servir de mucho hasta que a mi cuerpo le da la gana de volver a su estado habitual, pero en fin, yo hago lo que puedo por eliminar a los huéspedes no deseados. Y en esas estamos ahora mismo. Ooooootra vez.

Y este año más que nunca porque lo de este año ha sido de juzgado de guardia. No os digo cuantos kilos polizones se me han colado en la maleta de vuelta de vacaciones porque no quiero ponerme a llorar, pero en todo caso han sido muchos. Demasiados. Así que es hora de tomar medidas.

La primera ha sido empezar a comer normal y no como si lo fueran a prohibir, cosa que era imposible conviviendo con Speedydad y su manía de llenar el speedyhogar de cosas buenisisisimas que me llaman a gritos desde la nevera. Ahora en mi despensa casi todo son víveres de supervivencia de los que sólo sirven para cuando te daría igual comer eso o la pata de una silla, del hambre que tienes. Una circunstancia que hace mucho más fácil ingerir un número razonable de calorías al día, qué duda cabe.

La segunda medida ha sido buscar una manera de hacer ejercicio con pocos sufrimientos, dolores y sin que se me salga el  corazón por la boca. Y no os creáis que ha sido tarea fácil, dada la deplorable forma física en la que me encuentro. Pero bueno, después de mucho pensar, analizar, preguntar y googlear parece que por fin tenemos un ganador. Y tiene cuatro ruedas. En cada pie. ¡Cuántas leches, tortazos y guarrazos varios veo en el horizontes, madre mía!

Ya os contaré, ya...

viernes, 19 de agosto de 2016

SpeedySurfera

Diría que estas vacaciones he estado haciendo surf pero no estoy muy segura de que la Real Academia de la Lengua Española estuviera totalmente de acuerdo conmigo. Según el diccionario esta actividad es un "deporte náutico consistente en mantenerse en equilibrio encima de una tabla especial que se desplaza sobre la cresta de las olas" y lo que yo he hecho tenía poco de deporte, menos de equilibrio y nada de ENCIMA de la cresta de la ola. Debajo, puede. En el interior también sería aproximado. Pero encima, encima... regulín.

Aún así ha sido genial. Estupendo. Divertidísimo. Y agotador. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien en medio de mamporros y golpetazos. Puede que hayáis notado un descenso en el nivel del mar de todo el agua salada que he tragado, pero aparte de ese pequeño detalle, no ha habido grandes males que lamentar. Y en la parte de los positivos está el nacimiento de mi alter ego: SpeedySurfera, Despreocupada, intrépida y más despeinada que la Speedy normal (que ya es decir) SpeedySurfera aguanta estoicamente los envites de las olas (reales y figuradas). Y ha surgido de las entrañas de los océanos con marcas corporales que la identifican, como a buena superheroina:

-Las "caricias" de la tabla empujada por la furia del agua me ha dejado moratones por todas partes, pero tengo uno especialmente morado-negruzco, perfectamente redondo que más que un cardenal parece un tatuaje. Y me ha salido en el tobillo, juuuuuuuusto en el único sitio en el que yo me plantearía hacerme un tatuaje. Así lo considero una señal, mi marca surfera, y se lo voy enseñando a todo el mundo al explicar mis aventuras acuáticas.

-Como Clark Kent se diferencia de Superman por las gafas, yo me distingo de SpeedySurfera por el pelo. Ella tiene unas ondas informales sospechosamente bien fijadas gracias al salitre, supongo. Va despeinada a más no poder pero con un toque de estilo que pega a tope con su tono bicolor de piel, cambio corporal que paso a explicar en el siguiente párrafo.

-Lo de bicolor lo digo porque SpeedySurfera es mulata de cara, pies y manos y blanca caucásica en el resto de la superficie de su piel. Lo llaman moreno-neopreno y es el último grito en bronceados. Si no lo conocíais es que no leéis suficientes revistas del corazón.

Además de las evidentes diferencias físicas, mi nuevo alter ego y yo nos diferenciamos en el carácter. Ella es mucho más zhen que yo, y salvo algún grito desesperado de "¡¡quiero ir a tomarrrrr el sollll!!" entre olazo y olazo, suele estar feliz, relajada y positiva. No os digo más que ha estado a punto de traerse a un surfero buenorro metido en la maleta...

Dicho lo cual, sólo me queda una cosa que añadir. y parecía tonta SpeedySurfera cuando la cambiamos por el burro. ;P

sábado, 6 de agosto de 2016

Sobrinismo extremo

He pasado ya el ecuador de mis merecidísimas vacaciones. Voy a dejar a un lado el gigantesco peso dramático que encierra la idea de que ya me quedan pocos días libres más y voy a hacer un balance provisional.

Lo primero y principal a resaltar es que sigo viva. Este punto es reseñable porque llevo casi 15 días inmersa en infinitas jornadas de sobrinismo extremo que a punto han estado de acabar conmigo. Quien tenga sobrinos (en mi caso unos cuantos) sabe de lo que hablo. Yo no sé que esperan las autoridades para declarar el cuidado de pequeños superhéroes como deporte olímpico. Si se hubieran dado más prisa ahora mismo estaría en Río luchando por mantener alto el nivel de medallas de oro del equipo español. Tiembla, Nadal.

Y menos risitas irónicas de esos padrazos y madrazas que me leen desde el otro lado de la pantalla tomándome por una floja, que no es lo mismo ser progenitor/a que tío/a. Los que habéis dado la vida a vuestros churumbeles tenéis la autoridad de vuestra parte, podéis imponeros (o al menos intentarlo). Los que somos cuidadores temporales no contamos con esa arma. A mi, en concreto, mis adorables sobrinos me toman por el pito del sereno lo que convierte tareas teóricamente sencillas y rápidas como ponerse los zapatos en infinitas torturas chinas. In-fi-ni-tas. Y claro, de ahí la complicación.

Y a ello se suman inesperadas actividades que nunca habrías imaginado abordar en un día normal. Por ejemplo dejarte los pulmones en inflar un cocodrilo que en contra de la costumbre de sus congéneres va a ser un  buen aliado contra las olas. O perseguir a unos speedysobris para que salgan del agua antes de que les crezcan escamas y a otros para que pierdan el miedo y se metan de una vez. O jugar al Uno. La Escoba y Burro hasta que te duelan las manos. O esquivar millones de balonazos sentada en un banco mientras esperas el gol del desempate del emocionantísimo partido de unos diminutos futbolistas. O escalar la tira de árboles y tapias para recuperar pelotas colgadas por inexpertos lanzadores al otro lado de la valla y que eso ni siquiera sirva para conocer y trabar una conveniente amistad con el vecino de al lado, el que tiene en el jardín esa piscina tan enorme. Qué penita.

Así que. tras sobrevivir a este periodo de sobrinismo extremo es hora de cambiar el chip y dedicarme a un quehacer no menos emocionante dadas mis conocidas y notables habilidades físicas para los deportes: un curso de surf. Queridos lectores, en ná y menos me voy a cabalgar las olas unos días. Y ya os contaré, ya, porque me temo que esto va a tener un post. O dos...



jueves, 14 de julio de 2016

El botón de off

Es difícil de creer dado mi nombre y mis superpoderes, pero para algunas cuestiones soy lenta. Lentísima. Soy calmada a la hora de confiar en alguien nuevo. Llevo un ritmo relajado cuando se trata de dejar entrar a alguien en mi vida. Y me convierto en una auténtica tortuga en el momento de empezar a querer a alguien. Da igual si hablamos de amor o amistad, me cuesta un mundo abrir mi corazón. Un-mun-do.

Será por eso que tardo lo mismo o más en hacer el camino inverso, en sacar a alguien de mi vida. Algo muy gordo tienen que hacer y durante mucho tiempo para mandarles a freír espárragos. Incluso cuando ya lo he hecho, porque no me han dejado otro remedio, en realidad siguen ahí, alojados en mi músculo aórtico. Ellos nunca lo sabrán porque jamás lo admitiré, pero están ahí. La tira de tiempo, además.

Por eso me quedo alucina cuando la gente me deja de querer de un día para otro. Hoy soy 10 y mañana soy 2. El martes no podías vivir sin mi y el viernes no sabes como me llamo o si vendo libros puerta por puerta. Esta semana formo parte de tu futuro y la próxima ni siquiera estoy en tu presente.
¿Cómo lo harán? ¿Tendrán un botón de off? Y lo que es más impportante, ¿dónde puedo comprarme yo uno?

jueves, 30 de junio de 2016

Prioridades

A causa del colapso estudiantil total al que me ha sometido la SuperMovida en los últimos tiempos hay algunos temas (muchos) de mi vida que han estado totalmente desatendidos. El que más (dejando aparte el orden y limpieza de mi superguarida, que ha llegado a  niveles de juzgado de guardia) probablemente ha sido el ligoteo. Eso ha sido un erial absoluto. Y vosotros preguntaréis: ¿por? Y yo os respondo.

Hay chicas que van por la calle y cuando se paran en un semáforo el chico estupendísimo que se para a su lado les invita a un café. Hay chicas que llegan a una clase nueva, o a un trabajo nuevo o a un edificio de pisos nuevo y encuentran mil voluntarios para darles la bienvenida y contarles lo que necesitan saber. Hay chicas que se sientan en un terraza y a los 10 minutos mágicamente empiezan a llegarles copas gratis de aquel simpático caballero de la barra. Como seguramente habréis deducido a estas alturas del párrafo, yo no soy una de esas chicas.

A menos que yo haga algo para evitarlo, mi vida sentimental suele estar en encefalograma plano. Y sinceramente, si últimamente no me daba tiempo ni a comer y dormir, estaba yo como para pensar y ejecutar complicadas estrategias ligoteriles. Era una cuestión de pura supervivencia. Éramos yo o el amor. Y me elegí a mi, claro.

Ahora que por fin se ha acabado mi infierno estudiantil, he empezado a ponerme al día con mis miles de tareas pendientes. La de limpiar mi superguarida, que estaba en el número 1, misteriosamente sigue en el la columna de pendientes. La de volver a leer la abordé enseguida, pero debería haber pensado mejor qué libro devoraba primero, porque ahora los asuntos del corazón, que no estaban ni en el top ten, se han remarcado en fosforito, negrita y subrayado.

Y es que no se me ocurrió otra brillante idea que leer a Marian Keyes. Y,claro, ya os podéis imaginar. Me encontré con una protagonista buena y divertida, ni tan guapa, ni tan elegante ni tan exitosa como su jefa, pero que al final se lleva al Chico, uno de esos capullos integrales que resulta que en realidad no era ni capullo ni integral. Y que le dice cosas como:

"Tienes que salir conmigo porque interfieres en mis planes para dominar el mundo. No hago otra cosa que pensar en ti".

¡¡Joooooooooooooo, yo también quieroooooooooooooo!! ;P

viernes, 24 de junio de 2016

Menudo panorama

He estado mucho tiempo desaparecida, así que para los que hace la tira que no me leen, para los poco habituales y los que han acabado aquí de casualidad gracias a los inescrutables caminos de San Google, resumen rápido:

Yo nunca he sido una persona lo que se entiende habitualmente por normal (partamos de esa base). Hace tres años se me ocurrió la brillante idea de meterme en la SuperMovida, que me ha tenido tres años estresadísima, colapsada total y al borde de la locura. Hubo muchos momentos en los que pensé que iba a morir en el intento, pero contra todo pronóstico la semana pasada terminó la tortura estudiantil y sigo viva. Ahora, lo que ya no se puede decir con tanta seguridad es que haya salido indemne, porque daños sí que ha habido, sí... Por lo menos mentales. Y de otro tipo seguramente también.

¿Que por qué digo esto? Pues muy fácil: porque si yo antes nunca había sido muy centrada, ahora estoy tarumba total. Hago cosas de juzgado de guardia. Cosas como despertarme en mi sofá, a las cuatro de la mañana, con la tele y la luz encendidas sin ni siquiera recordar haberme sentado allí. Combatir la ola de calor que ha invadido de repente Speedytown a base de gazpacho y pasearme por la calle amorrada a un tetrabrick de ese líquido al más puro estilo borracho abrazado a su cartón de vino. Acudir emocionada a mi primer día de piscina del verano y llegar sin un triste bañador que ponerme. Que ya es gordo olvidarse la toalla o la crema solar, pero dejarse el único elemento imprescindible para una jornada de diversión acuática es para nota.

Con este cuerpo y con este espíritu llego cada mañana a mi curro que todavía no ha salido por aquí, pero que ya saldrá, ya, porque hay mucha tela que cortar. El caso es que allí ahora es momento de máxima agitación porque coinciden muchas cosas y hay la tira de personas entrando y saliendo a todas horas. Aquello parece el camarote de los hermanos Marx. Y mis jornadas laborales transcurren tal que así:

-Que le diga a María que Enma ensaya el domingo pero vestida de comunión, que el disfraz ya se lo llevaron ayer. Ah, que no sabes seguro si es sábado o domingo. Que te suena que es en fin de semana...

-Bien, pues te reservo dos piezas, pero ¿de qué tipo? Ah, que no te acuerdas del nombre. Pero, ¿sabes para que sirven? Ah, tampoco. Y el tamaño que me pides... ese tamaño no existe: son de 10 o de 20, de 15 no hay. Pues nada, llama a alguien que sepa lo que quieres reservar y ya me dices.

-Ajá, que en esos papeles que hay que presentar en no sé qué institución y de los que yo no sé nada porque ni los he preparado, ni los he revisado ni entregado ni nada, falta no sé qué sello de no sé que certificado que casualmente ha emitido la misma institución desde la que me estás llamando tú. Bien, pues voy a ver si hago una carrera de cinco años para entender el recado que me estás dejando y se lo digo a alguien que sepa de qué leches me estás hablando.

-Estooo, sí, he hecho lo que he podido ordenando el almacén, pero claro, hay cosas que nunca sabes muy bien donde meter, porque a ver, seamos claros, una gallina de goma no encaja en ningún sitio.

-Que eres Pedro... muy bien... ¿qué Pedro? ¡Ah, claro! Sí, una persona con la que hablé hace un millón de años una sola vez, ¡cómo he osado no reconocerte por la voz! ¿Que te de el teléfono de una cliente sin su permiso y sin que ella sepa que me lo pides a mi ni nada? Si, si, claaaaaaaaaaaaaro, por supuesto, ahora mismo.

-¿Quieres siete de tamaño 10 o 10 de tamaño siete? Siete de 10 y 12 de 20... ah, que no, que ahora prefieres 10.. ah, que te llevas dos, uno lo dejas aquí con un nombre para que lo recojan cuando les de la gana, dos las pagas tú, pero es sorpresa y se las tengo que dar a otro que no sé ni quién es, ni qué cara tiene, pero que sea secreto...

-¿Que eres el de antes? ¿Quien de antes? He cogido 35 llamadas en las última hora...

Y todo el rato así. Menudo panorama.