domingo, 9 de agosto de 2020

Mis peli (casi) favorita

No tengo favoritos de casi nada. O de nada. No tengo un pintor favorito, ni una ciudad favorita, ni un color favorito, ni un número favorito. No tengo ni siquiera una peli y una canción favoritas. A veces me preocupa porque todo el mundo parece tenerlos, ¿no? Hasta lo niños pequeños. ESPECIALMENTE los niños pequeños. Ven con taaaaaaanta claridad lo que les gusta más... Yo dudo. No logro decidirme. Hay mucha música, muchos libros y mucho cine que me encanta. Y además varía con el momento de mi vida, con la edad, con mi estado civil, con la fase de mi ciclo menstrual... En fin, no nos vayamos para lo hondo.

Que es difícil decantarse por uno sólo, vaya. Aún así creo que si me apuntaran con una pistola en la cabeza y me obligaran a decidirme por un peli favorita diría Charada. Ese PELICULÓN (emplearía algo más técnico pero es el término que mejor lo define) cuenta una historia original con ritmo, humor y muchísima elegancia. Tiene de protas a dos de los mejores y más divertidos intérpretes de la historia del cine. Y concentra la solvencia, la picardía y la frescura (sí, la frescura) de los buenos clásicos.

Porque los clásicos llevan el sanbenito de serios, pero pueden meter en una trepidante historia de misterio una de las escenas más cómicas de la gran pantalla. Nadie ha hecho mejor de borracho que Roger Thornhill. No hay nada que debatir.


 


Porque los clásicos pasan por formalitos pero luego buscan al ganador de Premio Nobel más ligón, políticamente incorrecto y al que mejor le sienta una mini-toalla para escapar de los malos montando un numerito.


Y porque los clásicos van de puritanos, pero luego tienen algunas de las mejores frases para ligar ever, siendo ELLA y no él la que toma la iniciativa.

-¿Sabes que es lo malo de ti? 
-(...)
-Naaaada

 Frases para ligar, pero también para rechazar.

-¿Le puedo invitar a un café?
-Yo ya conozco a muchas personas y hasta que no se muera uno de ellos no creo que pueda conocer a nadie más
-Bueno, si alguno se pone muy grave avíseme

O para despistar y dar largas

-¿Existe la señora Dyle?
-Si pero estamos divorciados
-Creía que el divorciado era Joshua
-Es tan difícil convivir conmigo como con él

Y por supuesto la ducha más sexi y divertida del Séptimo Arte


 

Os pondría todos los diálogos de la peli pero ya cogéis la idea y esta entrada tiene que terminar en algún momento. Mejor la volvéis a ver y la disfrutáis en primera persona.

Buena semana,. Y por la sombra, bombones.

martes, 28 de julio de 2020

Un okupa en mi músculo aórtico

Soy muy pero que muy fan de Nadal y de Federer. Cada uno a su manera me parecen fenómenos extraordinarios del tenis, de verdad. Y aún con mi ceguera fanática puedo ver que se han mantenido tantísimo tiempo como cabezas de ranking no sólo por su valía (que es indiscutible, desde luego) sino porque no hay relevo. Y es que si ahora llegara uno con un talento mínimamente comparable al suyo o incluso algo menor pero con la potencia y el impulso de la juventud, los sentaba en el banquillo a la voz de ya. Y muy a mi pesar quizá fuera hasta bueno. La renovación es necesaria y sana.

Yo lo sé bien porque a mi me cuesta un mundo dar relevos en el alquiler de mi músculo aórtico (¡Toma cambio de tema! No os esperabais este salto fuera de lo deportivo, ¿eh?) Llega un notas, que ni siquiera es siempre un dechado de virtudes precisamente, se apoltrona entre mis aurículas y ventrículos y ya no hay manera de echarlo de allí, oye. En parte es porque soy una cabezota, en parte porque como me invento todo a veces les subo a pedestales que no tocan y en parte (sobre todo) porque no hay relevo. Me cuesta un mundo encontrar candidatos (y no es por exigir demasiado, que ya os veo venir, eso lo hablamos en otra entrada si queréis) y mientras no hay nadie nuevo, el antiguo sigue en el puesto. Con poco entusiasmo por parte de todos los implicados, todo hay que decirlo, pero allí sigue.

Tiburcio lleva de okupa en mi músculo aórtico desde ni se sabe. Yo lo calculé el otro día y flipé en colores así que si él llegara a enterarse se quedaría de piedra, el pobre. Sobre todo porque (por lo poquísimo que lo conozco si restamos lo inventado) tampoco es nada del otro mundo. A ver, que el chaval es majo, pero claramente ha batido el récord de permanencia por las circunstancias, claro. Primero me dio el Jamacuco Supremo (JS) que me dejó blandita y sin poder buscar alternativas durante bastante tiempo. Luego estuve colapsada con mis movidas varias y no tenía el coño para farolillos (nunca mejor dicho) y después ha llegado el puto bicho del demonio que ha paralizado todo y más que nada esta área donde la distancia de seguridad ya tal. Conclusión: Tiburcio inquilino cardíaco AÚN. Y sin pagar ni un duro, el tío. Qué morro.

Bueno, en realidad sí aporta, claro, si no ya habría encontrado la manera de desahuciarlo, supongo. Sin él saberlo, durante el JS fue mi lugar feliz y me ayudó a dormir en noches muy duras y llenas de miedo. Sin él saberlo, suplió la parte de fuerza de voluntad que me faltaba para hacer cosas que ahora me alegro de haber hecho. Y sin él saberlo ha contribuido a soportar este confinamiento, poniéndole cara a las esperanzas de una vida mejor cuando esta pesadilla acabe de una vez por todas. A veeeerrr, tranquilidad en el frente, que le ha puesto cara en plan light, ¿eh? No estoy loca ni soy una stalker. Si no hubiera estado él le habría puesto cara mi Zac o el protagonista super-majérrimo del último libro que me estoy leyendo. Vamos, que era una cosa más bien simbólica, ya me entendéis. Pero bueno, ahí ha estado, contribuyendo a la causa de no cortarme las venas. Sin saberlo, claro.

Tiburcio es un okupa duradero porque no da mal. No pone la música alta, ni causa problemas con los vecinos, ni estropea las paredes. Ayuda a aligerar la bruma en días grises pero no tiene entidad suficiente para provocar sentimientos negativos, así que es inofensivo. Por eso no le echo, me imagino.

Aún así, ¡qué ganas de que llegue su relevo! ¡Qué ganas!

domingo, 19 de julio de 2020

¡Espabilad o nos vuelcan la colchoneta!

Cuando el SpeedySobri más mayor era pequeñísimo, casi un bebé, se rompió un tobillo y tuvo que estar en silla de ruedas unos días. Era chiquitín, no entendía nada, sólo que no le dejaban saltar ni correr. Iba a ser sólo una semana de inmovilización pero tras ella el médico vio que aquello no estaba curado aún y lo alargó otra más. Al pobre peque se le cayó el mundo encima y a nosotros se nos partía el corazón oyéndole lamentarse:

-¿Pero por qué? Si he sido bueno y no me he movido, ¿porque tengo que llevar la escayola una semana más? ¡¡Si he sido bueno!!

Lloraba como una madalena. Pobrecito mío, criaturita.

Visualizáis el momento, me imagino. Desgarrador. Desolador. Trágico. Como para descomponer al más pintado.

Bueno, pues retened bien la imagen en la mente porque así me tenéis, pedazo de cabrones. Es que no me puedo creer que me estéis haciendo esto. Que no he podido ser más prudente, ni guardar más las distancias de seguridad, ni llevar más y mejor puesta la mascarilla. Que ni siquiera he entrado aún a casa de los SpeedyPadres, que les hablo desde el rellano. Que no he hecho nada de nada, ni cines, ni conciertos ni mucho menos bares. NA-DA. Y aún así ya está aquí, a la vuelta de la esquina, SE VIENE REBROTE.



¡No me lo puedo creer! ¿Ya? Dada la flaqueza de memoria de gran parte del personal que ha borrado de sus recuerdos ipsofácticamente el infierno de marzo, abril y mayo daba por supuesto que volveríamos a las andadas, pero nunca pensé que tan pronto. ¿En serio? ¿Ya? ¿¿¡¡YA!!??  ¡Si apenas hemos estrenado la nueva normalidad de los cojones!

Para mi el tema es más dramático si cabe porque, dado mi proverbial sentido de la oportunidad, el confinamiento me va a pillar juuuusto cuando me tocaba coger vacaciones, lo cual pasa a nivel recochineo PRO. Tardé un mes en decidir qué semana pillar (ni demasiado pronto por si retrasaban la desescalada, si demasiado tarde por si el bicho volvía rápido y desmadrado) y he ido a dar juuuuusto en la diana. Qué puntería, oye. Ni un triste día de playa he visto, amiguis. Increíble.

Tengo un cabreo que no os podéis imaginar. Me faltan palabras para expresarlo. Es que, vamos, cogía una metralleta y hacía una escabechina tal que el coronamierda iba a parecer un aficionado a mi lado. Me cargaba a los políticuchos de pacotilla que escurren el bulto pasando de una administración a otra la responsabilidad de vigilar al bicho, a los que no contratan suficientes rastreadores para controlar los brotes a tiempo, a los que miran para otro lado sabiendo que la cosa está mucho peor de lo que se reconoce. Me cargaba a los empresarios que no implementan las medidas necesarias porque priorizan el beneficio económico a la seguridad sanitaria. Me cargaba a la gente que no toma ninguna precaución porque supone que el riesgo para su salud es bajo y la de los demás le importa una puta mierda. Y me cargaba también a los que pasan de todo porque están cansados, hartos, aburridos de este infierno y justifican cualquier comportamiento con un "hay que seguir viviendo"



Pues claro que hay que seguir, pero las cosas no pueden ser igual que antes, como si el bicho no estuviera ahí fuera, preparado para montarnos otro pifostio en cuanto le demos la más mínima oportunidad. Hay cosas que no queda más remedio que hacer de otra manera y cosas que, durante un tiempo, no se podrán hacer. Se siente. Ajo y agua. No hay más tutía.

¿Estáis hartos? Pues claro, como todos. A ver si os creéis que a los demás nos encanta este Matrix de Hacendado que es la Nueva Anormalidad. A ver si os pensáis que a mi no se me ocurre nada mejor que quedarme arrestada en casa los 3 últimos fines de semana porque me han pasado rozando (¡¡ufff, por poco!!) dos positivos COVID. A ver si os parece que a mi me agobia menos que a vosotros la mascarilla y que no me muero de ganas de achuchar a los SpeedySobris.

TODOS estamos cansados, aburridos, desesperados, hastiados, fastidiados, saturados, ¡¡HAAAARRRRTOS!! TO-DOS, no sois los únicos. Pero estamos en el mismo barco. Bueno, ojalá fuera un barco. Vamos en una colchoneta de esas cutres de plasticucho rosa y el bicho intenta quebrar nuestro frágil equilibrio para tirarnos al agua. Los que habéis participado en estas batallas acuáticas sabéis bien que si todos los de arriba de la colchoneta no se coordinan y hacen lo posible para equilibrarla se van por la borda en dos milisegundos. Esto es una ley piscinera universal.

Así que, por favor, poned de vuestra parte y vamos a contener el bicho lo máximo que se pueda. Y dejadme que vea la playa 2 días aunque sea, cabrones, que sois unos cabrones.

sábado, 11 de julio de 2020

La pregunta del millón

(Preparad el diván que se viene sesión de psicoanálisis. Se siente)

El CoronaApocalipsis y sus consecuencias de todo tipo habrán puesto a más de uno frente al espejo, supongo. Ya sea por el confinamiento y las horas de más para pensar o porque el bichillo haya disparado a la línea de flotación de su familia, su salud o sus ahorros, algunos se habrán parado a reflexionar sobre la vida que llevaban, sus relaciones, su trabajo, sus prioridades, su futuro. Un proceso que no siempre es un camino de rosas.

Yo llevaba un tiempo ya en este empeño. En parte porque nunca he terminado de entender nada de mi día a día y en parte porque hace no mucho me dio un Jamacuco Supremo que podría perfectamente haberme dejado lista pa'papeles en el momento. Hubo suerte, no fue así y eso me impulsó a cambiar algunas cosas que no me gustaban y a atreverme a tomar decisiones que quizá antes me habrían costado más. Fueron apuestas arriesgadas que no salieron bien, que podrían haber resultado peor (bien es cierto) y de las que, en todo caso, no me arrepiento. Ya lo decían en los Puentes de Madison: "Los viejos sueños eran buenos sueños. No se cumplieron, pero me alegro de haberlos tenido". La cosa es que cerrar esa etapa me dejó en la casilla de salida, más que nunca antes. Y desde entonces, (right now, para más inri, con CoronaApocalipsis mediante) sigo dándole vueltas a la pregunta del millón: ¿Y ahora qué?

No lo sé. No tengo ni guarra de hacia donde quiero ir, sólo veo claro que lo que venga tiene que ser diferente y MEJOR que lo viejo. Como la definición de locura es hacer siempre lo mismo esperando resultados distintos, no paro de revisitar el pasado para intentar averiguar qué he estado haciendo mal. En algo la he tenido que cagar para tener este perpetuo panorama medio derruido, ¿no?

Como no encontraba respuestas pensé en buscar ayuda profesional y de pura casualidad me encontré con unas lecturas que me han calado del todo. TO-TAL. Han dado en el clavo. Soy yo cien por cien, como si me estuviera viendo por un agujerito. Y según esas lecturas parece que mi problema es, precisamente, ese: buscar fuera la información, la seguridad, la validación que no encuentro dentro. No fiarme de mi. Creer permanentemente que estoy equivocada. Tener siempre miedo al error. Al futuro. Dejar que el temor tome mis decisiones. Tolerar mal la inestabilidad, la incertidumbre, la frustración.

Vale, guay. Si ese es el problema, la solución es fiarme más de mi, confiar más en la vida. La cuestión es, ¿cómo fiarse de alguien que la ha estado cagando desde ni se sabe?

Difícil. ¿no?

lunes, 29 de junio de 2020

La nueva anormalidad

Esto de la nueva normalidad lo estoy llevando regulinchis porque no consigo ni medio normalizar nada de nada. A mi alrededor veo muchísima neo-subnormalidad y neo-anormalidad y lo arreglaría todo repartiendo bofetones al más puro estilo Bud Spencer si no fuera porque la distancia de seguridad me lo impide. En finnnn...

Se supone que ya hemos culminado la desescalada y retomado nuestras vidas pero yo no termino de arrancar. Hasta ahora he cogido sola una vez el transporte público, aún no he tomado nada en una terraza y todavía me veo con los SpeedyPadres fuera de su casa y al aire libre, por si acaso. No tengo ni repajolera idea de qué hacer en vacaciones y me están saliendo escamas entre los dedos. Al principio pensé que eran un superpoder nuevo como las de detrás de las orejas pero no creo que caiga esa breva. Será más bien que se me están pelando las zonas más sensibles de tanto lavarme las manos a todas horas, supongo. No hay crema hidratante que pueda con tanto jabón.

Mientras tanto mi superguarida se parece cada vez más a "Esta Casa es una ruina". Media vitrocerámica se declaró en huelga durante el confinamiento, los azulejos de la cocina también empezaron a despegarse como protesta al encierro (ya hay más de media pared gris cemento en vez de blanca baldosa) y esta mañana me he encontrado un charquito de agua delante de la puerta de la nevera. Espero que haya sido una polución nocturna como respuesta al estrés de la emergencia sanitaria y que sea una reacción temporal y no un daño permanente porque me veo capaz de pasar el verano sin cocinar nada a falta de lumbre, pero si tengo que beber agua calentorra porque no tengo donde enfriarla... que me lleve ya mismo la muerte, que no me merezco tanto sufrimiento.

Entre eso, la que está liando al coronamierda a nivel mundial, otro asteroide de estos que vienen amenazando, los residuos radioactivos de Suecia, los monos que se han hecho con el control de Tailandia y el día a día en general que es para mear y no echar gota, yo le diría a este año lo que le comentaban hace nada en Twitter:



O si es mucho pedir, por lo menos una cosa intermedia



Y para el año que viene, pues una propuesta de mínimos también, no está la cosa para ir con exigencias


Eso sí,  puestos a pensar en el futuro, si viene alguien de allí a avisarnos de algo, que avise bien, leche..


Y así está el patio, colegas. Ale, a pasar buena semana. Y por la sombra, bombones.


domingo, 21 de junio de 2020

Concentración que acontecimientos históricos planetarios

Esta noche se nos acumulan las citas importantes:

-En unos minutos empieza el verano, tradicionalmente uno de los grandes acontecimientos sociales del año pero como este 2020 está siendo más que movidito es un evento más soso que otras veces. Hemos tenido incendios radioactivos, erupciones volcánicas, una pandemia, un confinamiento que nos ha privado de la luz del sol y luego unos días de lluvia eterna que parecía esto el diluvio universal... muy fuerte tiene que entrar el estío para que nos sorprenda. Pero bueno, tal y como va la cosa no lo voy a decir muy alto a ver si encima se lo toma como un reto...

-Según el nuevo cálculo del calendario maya, mañana (o en poco minutos, más bien) se acaba el mundo y yo con estos pelos. Tal y como está yendo el año, la verdad es que seguiría la lógica argumental 2020, así que no lo descarto. Y además me alegro, mejor que la palmemos todos de golpe, porque con el caos coronavírico mi superguarida está más desordenada que nunca, es más fácil quemarla que arreglarla, ya os lo digo. Sólo de pensar que casco yo el peine primero y tiene que ir alguien a recoger mi casa paso tanta vergüenza que creo que me daría un soponcio al verlo, aunque fuera desde el otro mundo. Qué horror. Mejor todos a la vez, sí, donde va a parar.

-Mañana también empieza la tan esperada nueva normalidad, que tiene de normalidad lo que yo de sueca, es decir, más bien poco. Adiós estado de alarma, hola... no sé, la verdad, ni idea de lo que nos espera. Mascarillas, distancia social, playa por turnos, vacaciones no vacaciones, sustos continuos, brotes, rebrotes y la madre que los parió.

En fin, es lo que hay.

¡Vamos con todo!

miércoles, 10 de junio de 2020

Escribiendo en tiempos de coronavirus: Durante mi guardia no

No termino de ver clara la nueva normalidad. He estado pasando por las distintas fases sin aprovechar las ventajas, en parte porque tampoco me hacían especial ilusión y en parte porque no me fío. El sábado por fin me había decidido a tomar mi primera caña en una terraza y me rajé en el último momento. En parte porque me resulta absurdo y desmotivante hacer fila para beberme un granizado, en parte porque esperar le quita la mitad de la diversión a lo demás y en parte porque, insisto, no lo veo claro: ahí ni se respetan las distancias, ni se desinfecta nada de nada, ni les suena ni de lejos nada remotamente relacionado con la palabra seguridad: gente hablando a dos palmos, sin mascarillas para beber y comer...Que no que no, que no lo veo claro.

También es cierto que no son cosas en las que se me vaya la vida. Me cuesta más ir a ver a los Speedypadres y hablarles desde el rellano para estar segura de no llevarles el virus a su casa. Me cuesta más quedar con los SpeedySobris en el parque y darles dos palmaditas en el hombro en lugar del achuchón que me gustaría. Me cuesta más no volver al gimnasio, porque entrenar sola es una tortura aburridísima para la que empieza a faltarme fuerza de voluntad. Me cuesta más quedarme sin teatro y sin cine.

Me cuesta pero es lo que voy a seguir haciendo, aguantar el tirón, porque aunque a la mayoría ya se le ha olvidado el infierno coronavírico, esto no ha acabado. El coronamierda sigue ahí, esperando su momento para montarnos otro pifostio de mil pares de cojones. Y no vamos a resistir  un segundo round como el que está terminando ahora. El primero nos ha dejado más que tocados animica y económicamente. Como el bichillo nos de bien otra vez, nos tumba. Todo el mundo parece querer ignorarlo, pero esto es así y es así. Y lo sabéis.

Yo no soy sanitaria, ni ingeniera, ni trabajadora esencial, ni tengo ninguna habilidad que resulte mínimamente útil durante una pandemia, así que lo único que puedo aportar a la causa es no contagiarme para no contagiar. Y eso es lo que voy a intentar con todas mis fuerzas, como si me fuera (porque en realidad me va,  NOS va a todos de hecho) la vida en ello. Para dormir tranquila pensando que si hay un rebrote no será por mi culpa.

¿Quiero normalidad? Si, estoy harta de esta pesadilla y del surrealismo inacabable que ha traído este apocalipsis. Pero para poder volver a un futuro medio normal hay que llegar (todos, mayores y jóvenes) vivos a ese futuro. Y eso no se consigue poniéndole la alfombra roja al cabronazo este.

Así que, coronamierda, que te quede claro: si piensas volver a hacer de las tuyas no cuentes conmigo. Como dirían en "Algunos Hombres Buenos": durante mi guardia no.