sábado, 22 de abril de 2017

Primavera puñetera

Y oootra semana que no iba a cumplir mi ritmo actualizatorio. Como eso no puede ser, aquí estoy al límite y sobre la bocina, pero actualizando, aunque sea con un poco de ayuda de twitter.

Y es que con la llegada de esta primavera, que por la mañana casi te hace perder los dedos de las manos por congelación y por la tarde te abrasa las plantas de los pies del fuego que desprende el asfalto, no consigo centrarme. Estoy que no estoy.



Así que estaba intentando introducir en mi vida hábitos saludables a ver si la cosa mejoraba. Pensaba dormir más (¡JA!), beber dos litros de agua al día (ahí estamos) y comer mejor. Pero chico, es que esto de la alimentación se está poniendo más cuesta arriba que nunca desde que la OMS tomó cartas en el asunto. Primero fueron los embutidos y carnes procesadas y ahora es... bueno, básicamente todo lo demás. No deja títere con cabeza. Es malo el pan blanco y el arroz, las patatas, las palomitas, el queso en lonchas, el café... ¡Si hasta las manzanas les parecen mal! ¡¡LAS MANZANAS!! Parafraseando a Julio César: "¿También tú, manzana mía?" ¿Y de qué vamos a vivir? ¿De aire y agua? Porque por lo que he oído también están contaminados...

Total, que en mi empeño por mejorar mi salud, me paso tres cuartas partes de mi tiempo dedicado a la lectura a estudiarme las etiquetas de los alimentos que compro. Y sólo tengo una cosa que deciros:



Ante el fracaso de mi búsqueda de alimento para el cuerpo, decidí seguir buscando alimento para el alma y continuar intentando encontrar el amor en las procelosas aguas interneteras. Os voy adelantando la primicia: fiasco total. De hecho me he cruzado con cada uno últimamente (ya os contaré, ya, cuando tenga un rato) que voy a encargar tres cajas de felpudos de estos, con la palabra vida en lugar de casa.


Como está el tema, chavalada. COMO-ESTÁ-EL-TEMA.

Madre del amor hermoso.

lunes, 17 de abril de 2017

Porque no tengo porqué

Al loro con el nivel de frikismo de la comparación con la que voy a empezar esta entrada (quien me ha visto y quien me ve), pero lo cierto es que me viene al pelo para lo que quiero contar, así que allá va.


 

Cutre traducción por si alguien la necesita dada la torre de Babel idiomática que hay montada en este vídeo. Él le pregunta a ella que por qué, pudiendo adoptar el aspecto normal humano (simular ser una persona corriente todo el tiempo) no lo hace. Y ella le contesta: Porque no tengo porqué.

Y ahí quiero llegar yo, a su respuesta. Por unas razones o por otras últimamente me estoy viendo en la situación de tener que contar por qué hago determinadas cosas y por qué no hago otras. Me ha costado toda una vida de intentos, unos pocos aciertos y muchísimas equivocaciones llegar al punto en el que estoy ahora, ese momento en el que por fin sabes con qué estás cómoda, qué te sienta bien y lo que a la larga te traerá problemas. Me ha costado toda una vida ser consciente de que lo que hago o no es asunto mío y que la opinión de los demás me importa un bledo. Como te has perdido toda esta vida de aprendizaje, si a estas alturas del partido me preguntas, te contaré lo que quiero hacer y lo que no me da la real gana. Pero ni por un momento pienses que voy a darte explicaciones. Porque NO TENGO PORQUÉ darte explicaciones. Y menos aún justificarme.

No voy a pedir perdón por tener cuidado con los demás y (no lo niego) conmigo misma. No voy a pedir perdón por que me importen más que a ti determinadas cosas. No voy a pedir perdón por llevar un ritmo distinto al tuyo. No voy a pedir perdón por que nuestras prioridades sean diferentes. No voy a pedir perdón por que no pensemos igual.

Soy así. Ni puedo ni quiero ser de otra manera. Y además, NO TENGO PORQUÉ.

martes, 4 de abril de 2017

Una homless en tacones

¿Hay algo mejor, para empezar un fin de semana, que estar en el rellano de tu escalera con taconazos y cargada hasta los dientes con bolsas, maletas y un anorak de nieve, venga una ráfaga de aire y se te cierre la puerta en las narices sin que te haya dado tiempo a coger la llaves? Sí, que esas mismas llaves que no has cogido estén puesta en la cerradura.

Por dentro.

Claro que sí, guapi.

Como ya habréis sospechado a estas alturas de la entrada, ese fue el comienzo de mi sábado. Y así, pertrechada con mis taconazos, mi anorak y mis mil millones de bultos y maletas y al lado malo de una puerta cerrada a cal y canto, valoré mis opciones:

-Darme de cabezazos contra la pared por mi torpeza.
-Maldecir mi estampa por mi mala suerte
-Aparcar todo mi equipamiento en casa de los SpeedyPadres, coger las llaves de mi casa que me guardan ellos y esperar el milagro de que, de algún modo mágico y misterioso, la puerta se abriera cuando volviera con ellas.

Sorprendentemente, mi brillante tercer plan tenía algún que otro punto débil, el primero de los cuales radicaba en que no hay modo de transportar miles de bultos en coche si no puedes entrar en el garaje porque no tienes LLAVES del garaje. Así que ya veis a una homless con taconazos, anorak de nieve y cargada de bolsas hasta lo dientes, apostada al lado de la puerta, esperando a que entrara algún vecino para colarse en su propio aparcamiento y llegar hasta su propio automóvil. Ni os cuento la cara que se le quedó al vecino detrás del cual me colé, claro...

Otro de los puntos débiles de mi maravilloso tercer plan era que la magia está para otras cosas más importantes que para abrir puertas con llaves a ambos lados de la cerradura, así que mis taconazos y yo nos volvimos a casa de los SpeedyPadres a esperar a que el cerrajero tuviera un hueco para obrar un milagro. Todo esto se traduce en una Speedy que pide asilo político en el SpeedyHogar y se pasa tres días con la misma ropa y los mismos zapatos, tan bonitos como incómodos.

Ahora escribo esto desde mi superguarida, a la que, ¡por fin!, he podido volver a entrar hoy. De mi largo exilio me he traído unos pies destrozados tras 76 horas de taconeo ininterrumpido y la certeza de que podría haber sido peor. ¿Cómo? Si el portazo me hubiera pillado a punto de ir a una fiesta de disfraces y vestida de conejita de Playboy, en lugar de con tacones y anorak de nieve.

Ni tan mal, oye...