Y es que yo estaba en mi propia versión moderna de los cantos de las sirenas de Ulises. pero ni con seres mágicos, ni con musicalidad melodiosa, ni con bienestar alguno. Era más parecido a esta especie de trance aprisionador que explica tan bien una de las pelis de Percy Jackson
De nuevo, en mi versión de ese encierro no había máquinas tragaperras ni flores de loto. En realidad, tampoco había ni diversión ni disfrute. Ni siquiera entretenimiento. Me caí en las arenas movedizas de las pelis romanticonas de serie T (muy muy por debajo de las malísimas de serie B) y durante días (¡DÍAS!) no fui capaz de salir de ese pozo infecto.
Sin ánimo de ofender a sus creadores, ¿eh? Pero hasta ellos tendrán que reconocer que esas producciones son la basurilla del audiovisual. No tienen ni frescura, ni profesionalidad, ni ilusión. De actores con talento y buenos diálogos, ni hablamos, claro. Son historias convencionales sin atisbo de originalidad, calcadas unas a otras, soportadas por los mismos personajes cliché con el mismo tipo de relación entre ellos y que acaban siempre igual. Y sin una pizca de gracia ni de ternura para intentar salvarlas un poco. Vamos, lo que viene siendo truños de manual.
Y yo pensaba todo eso mientras durante días me tragaba un bodrio tras otro tras otro tras otro. En parte, como ya me pasó con los zurullos literarios, impresionada con los niveles de cutrez que se pueden alcanzar de manera profesional. Pero también en parte porque estaba como hipnotizada, hechizada, en trance. Enganchada a una tarea de nulo esfuerzo cognitivo, sin peligro de suscitar ninguna reflexión ni pensamiento posterior. En encefalograma clave continuo.
Supongo que el truco de la efectividad de esta prisión radica en que, en realidad, no quieres salir. En que prefieres patalear en las arenas movedizas antes que saltar fuera y enfrentarte al león que te persigue por la jungla o al sol incandescente que te abrasa la piel en el desierto. Imagino que lo que necesitas es meter la cabeza en el agua y sentir ese silencio sereno y esa ausencia de peso que se nota al bucear.
Días estuve confinada allí hasta que alguna fuerza logró catapultarme al exterior. Quizá el impulso eclipsolar. Quién sabe. Pero menos mal, porque si no ya me veía como la anciana Rose del Titanic. Han pasado 84 años...

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