Como la climatología y otros pincharuedas han decidido boicotearme las posibilidades de salir de excursión en los últimos puentes, he tenido oportunidad de estar algo más de tiempo en mi superguarida. Y se ha producido un hecho insólito. La he mirado, ella me ha devuelto la mirada... y el espíritu de Monica Geller se ha apoderado de mi. Esto, que sería relevante siempre, es casi milagroso en mi caso porque ya sabéis que mi casa es un vórtice de entropía. No tengo tiempo y apenas habilidad para mantenerla ordenada, lo que complica sobremanera una limpieza profunda.
Porque yo limpiar limpio, ¿eh? Pero sobre todo donde hay superficies no invadidas por objetos o papeles, que, si os digo la verdad, son pocas. Y otras operaciones más complejas, como el saneamiento del frigorífico, suelo hacerlas a contrarreloj, lo que me impide dedicarles una atención esmerada y posibilita sorpresas como la que me he llevado yo hoy.
Y es que resulta que en mi nevera hay piezas que yo no sabía que se desmontan y que al parecer lo hacen para, precisamente, permitir una higienización más profunda. Al no tener ni idea de esto, jamás las había retirado en tropecientos años de historia de este electrodoméstico y hoy que lo he hecho por vez primera... ya os podéis imaginar lo que me he encontrado.
Llamar suciedad a lo que allí había sería injusto, porque era mucho más que eso. Era una hermosa y estable comunidad de gérmenes, con tal grado de unidad y coordinación que casi podríamos considerarlo un organismo superior con un nivel de evolución cercana a un perro doméstico. Casi me ha extrañado que no pudiera hablar para comunicarme sus quejas.
Así que tras saludar con respeto a esa alumna aventajada de la montaña de basura de los Fraguel Rock, he procedido a desalojarla. No tanto por los gérmenes vivos, sino para dar cristiana sepultura en el vertedero municipal a los caídos en combate tras años de dura resistencia en el oscuro y húmedo interior de mi frigorífico. Imaginaos la de energía cósmica acumulada allí dentro con tanta microalma en pena vagando por el desierto helado en busca de su descanso eterno.
Armada con estropajos, bayetas, cepillos de dientes y hasta palillos, he rascado en cada rincón para liberar esos espíritus y así conseguir dos objetivos: una nevera reluciente y un poco de paz en mi superguarida. Y es que, chavales, ahora todo cuadra.
Ya os conté que acudiría a cualquier medida desesperada para cortocircuitar mi mala racha eterna. Me duché con agua con sal, quemé cáscara de naranja, paseé con el palo santo por los pasillos... Pero mi mal de ojo sigue allí, erre que erre, sin bajarse del burro. Alguien experto en auras y misticismos me dijo que quizá tenía algún espíritu en casa, llamando mi atención para ayudarle a resolver su asunto pendiente antes de transitar. Y hoy, por fin, sabemos la verdad. Que no era una, sino muchas almas infecciosas microscópicas clamando que les abriera las puertas de mi frigo para poder volar hasta el cielo de los gérmenes.
Bueno, chicos, pues el día ha llegado. Sois libres. Disfrutad de la vida eterna y tanta paz llevéis, como descanso dejáis. Pero por favor, por favor, por favor, por favor, llevaos también con vosotros mi mal de ojo. Me lo merezco por la paliza de limpieza que me he pegado. Y porque ya no puedo más con el shit happens de la vida.
Ozú.
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