No se lo digáis a los supervillanos, pero últimamente andaba un poco baja de forma. Un poco nivel "se me sale el corazón por la boca cuando corro dos metros para coger el autobús". Mis obligaciones laborales y mi encarnizada guerra contra los kilos no me dejaron más opción que ponerme las pilas en forma de gimnasio. Y sólo tengo una cosa que deciros: ¡Madre del amor hermoso qué horror!
Es que no sé ni por donde empezar... Así que empezaré por lo evidente: la ropa. Pero, pero, pero, pero... ¿qué se pone ahora la gente para ir al gimnasio? Esas mallas mega-apretadas, esas camisetas de escotes imposibles... Cuando yo hacía deporte, es decir en el Pleistoceno Superior, las prendas deportivas tenían la decencia de dejarte respirar de vez en cuando... Ahora no he sido capaz de comprarme nada de lo que se supone que hay que utilizar, así que llevo mis pantalones de chándal anchos y mis camisetas de propaganda.. y el resultado es que parezco la mamá de los demás usuarios de las instalaciones. La sensación es un poco como ir tan anácronica como estos de abajo...
... pero sin ese estilo tan retro y con un poco más de dignidad.
(Espero)
Ni que decir tiene que llevo dos semanas apuntada y ya me conocen todos los profes, encargados y miembros del personal del gimnasio. ¿Por mis dudosas habilidades deportivas? No hijos míos, no. Porque he liándola a cada momento, por supuesto.
-Primer día, primera máquina, primer ejercicio.
-Te pongo este peso
-Va a ser mucho cartucho
-Te bajo un poco
-Sigo sin verlo claro.
-Pues te pongo el mínimo
-Bien, ya podemos cambiarnos de máquina, no soy capaz de mover un milímetro con el mínimo peso, así que aquí no tenemos nada más que hacer.
-Segundo día, segunda clase colectiva
-Hacemos equilibrio sobre esta media pelota de nombre impronunciable. No, pero con la pierna izquierda. No, pero sin el brazo. No, pero recta. No, pero encima de la media-pelota. Bueno, mira, Speedy (¿te llamabas Speedy, no?) tú hoy tómatelo con calma, puedes quedarte en el suelo riéndote como hasta ahora, que la risa también ejercita los abdominales y ya si eso la clase la haces otro día. Con OTRO PROFESOR, si es posible. Gracias.
-Tercer día, después de la tercera clase.
-¿Y este señor con un martillo en las duchas?
-Que las están arreglando, ¿te importa que esté mientras te duchas o le digo que salga?
-Chica, deja al hombre que trabaje, más se va a asustar él que yo con las pintas que traigo después de la paliza que me han metido en clase.
Sólo os diré un cosa para que conste: si tienen que comprar pronto nuevos sacos de boxeo yo no sé nada del tema, ¿eh? No tiene nada que ver lo desestresada que estoy últimamente después de liarme a patadas y puñetazos como si no hubiera un mañana... Na-da-que-ver.