miércoles, 8 de septiembre de 2010

¡Otra vez a rodar por el mundo!

A veces tener superpoderes mola. Como cuando puedes oír lo que piensan cosas que creemos que no tienen sentimientos. Escuchad, escuchad...

"Los billetes están sobrevalorados. Al fin y al cabo, nosotras también somos dinero. Pero como somos pequeñas, ligeras y de un color cobre oscuro que enseguida se ensucia, pues parece que molestamos en el monedero. Es que nos discriminan incluso con respecto a las otras monedas. Las preferidas son, como no, las de dos euros. Con sus preciosos reflejos plateados, su gran tamaño y sus variados grabados, se creen las reinas del mambo. Los euros tampoco se quedan atrás. Claro, como son la unidad de referencia, se olvidan que cada uno de ellos no son más que 100 céntimos. Bien pensado, nosotras somos la base del sistema financiero...

Pero nadie se acuerda de eso cuando al listo de turno le dan 3 céntimos de cambio al pagar su compra y grita: “No me des chatarra”. ¿Chatarra? Un poco de respeto, que somos de metal, pero tenemos nuestro corazoncito. Y tampoco somos objetos para coleccionar. Qué manía tienen algunos de meternos en cajas o grandes botes de cristal. Estamos allí años y años, conociendo monedas nuevas, haciendo amigas... y justo cuando somos una enorme comunidad, en la que todas nos llevamos bien y nos hemos cogido cariño, nos llevan al banco y nos cambian por un par de billetes... y otra vez a rodar por el mundo!

Porque esa es la parte más dura de la vida de una moneda: pasar de mano en mano, sin un destino fijo y sin compañía. Al principio, cuando estás recién acuñada, eres nueva y brillante, es divertido. Te sientes deseada. Viajas, conoces muchos países y culturas, te encuentras con personas variadas y formas parte de las situaciones más inverosímiles. Es emocionante. Pero después pasan los años, te llenas de mugre, pierdes la ilusión y ves cada vez más cercano el peligro de que te devuelvan al Banco de España para siempre.

Por eso nos gusta estar en los bolsillos de los niños. Nos reciben como un tesoro y nos guardan con toda la ilusión hasta que tienen suficientes de nosotras para comprar una bolsa de pipas o un chicle. Son los únicos que nos consideran dinero y nos dan el valor que tenemos. Todas las monedas, también las de un céntimo, formamos el sistema monetario, que es básico en la sociedad capitalista. Yo creo que eso merece un respeto, ¿no? "

6 comentarios:

  1. Qué bonito :) Sobre todo lo de los niños. Es verdad que es el momento en que cualquier moneda tiene un valor gigantesco. Me acuerdo de cuando yo me ponía a contar las de mi hucha encima de la mesa... qué tiempos aquellos.

    Besis.

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  2. En algunso paises, Finlandia creo recordar, las suprimieron cuando entró el euro, nada de centimos.
    La decisión la tomó una mujer.
    Se ve que el tamaño importa.
    Un beso

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  3. Marina, gracias!, mis sobris están en esa edad y es un gusto, porque les das cualquier moneda y lo agradecen un montón.

    Babilonio, ¿si? Pues qué curioso. Pero si la decisión la tomó una mujer igual no se fijó sólo en el tamaño, ¿no? XDDDDDDDD

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  4. Que reivindicativos esos céntimos.... pero a decir verdad... la de cafés que me habré tomado yo en la facultad, reuniendo los céntimos que me habían ido dando durante la semana (es que cobraban el cortado a 52 céntimos, la única forma de no recibir calderilla era dejando bote... y una era estudiante)

    Muy bonita la historia, el toque de los niños magistral.

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  5. Pues no me han sacado esos minúsculos céntimos de más de un apuro...!! Larga vida a los céntimos cochambrosos!! :D

    Me da rabia no poder seguirte con la frecuencia que me gustaría porque escribiendo también me resultas "increible".

    Por eso hoy te he añadido sin dudarlo en mi lista diabólica.

    http://albumdiablo.blogspot.com/

    Un abrazo

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  6. Exorsister, me alegro de que te haya gustado la historia. Es verdad que en la facultad los céntimos eran útiles para sacar comida de las máquinas, por ejemplo...

    JuanRa, jo, gracias por añadirme a tu lista. Siempre es una alegría que a alguien le diviertan mis textos, pero que me lo diga un bloguero con tanta solera como tú... en fin, ¡que gracias!

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¡Eh, no te vayas sin decir nada! No tengo el superpoder de leerte la mente.